Soy aquel que ha mirado la vida
como se mira un cristal a punto de quebrarse,
sabiendo que la luz que lo atraviesa
es tan bella como pasajera.
No soy el héroe que las canciones prometen,
ni el acero que no conoce herida;
soy el hombre que en la noche despierta
cuando los ecos antiguos regresan sin ser llamados,
trayendo consigo la voz temblorosa
de un niño que no aprendió a hablar sin miedo.
Soy quien ha llorado en los adioses
como si cada despedida fuera definitiva,
quien retiene nombres entre los labios
aunque el mundo le ordene olvidarlos.
Aquel que teme morir en silencio,
sin haber vivido lo bastante,
sin haber amado con la furia necesaria,
sin haber sido amado
como se ama a lo único que no debe perderse.
Sé que todo instante es humo,
que la dicha no promete morada,
que incluso la alegría más pura
lleva en su sombra la forma de la despedida.
Y aun así, he levantado mi vida
como quien levanta un muro contra la tormenta,
ladrillo sobre ladrillo,
sin saber si la dignidad existe,
pero creyendo que el intento
es lo único que nos salva de la caída.
Porque también soy el que parte sin mapa,
el que desafía caminos que nadie asegura,
el que cruza cordilleras
donde el aire corta como vidrio,
y se sienta en la altura, solo,
con la escarcha clavándose en el rostro
como una verdad que no admite consuelo.
He atravesado países sin compañía,
he seguido rutas que no tenían promesa,
y en cada frontera dejé algo de mí
que nunca regresará.
Y, sin embargo,
soy también el que aún pronuncia tu nombre en silencio,
el que detiene la mirada
ante una fotografía que ya no responde,
el que guarda tu rostro
en el rincón más oculto del pecho,
como se guarda una llama
que no calienta,
pero tampoco se apaga.
Así camino,
no invencible,
no libre,
no en paz,
sino humano,
terriblemente humano,
bajo un cielo demasiado grande
para un corazón que aún recuerda.
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