Entre la muerte y la dignidad de vivir

 Descubrí hace tiempo que no podía ser feliz en este mundo de apariencias, un mundo en que los hombres y mujeres parecen haber nacido solo para medirse unos contra otros, para demostrar quién brilla más, quién alza la voz con más fuerza, quién acumula más trofeos en sus vitrinas invisibles. Y yo los observo, con esa necesidad infantil de validación, como si en cada medalla colgada en su pecho hubiera un mendigo hambriento suplicando amor al resto. No puedo odiarlos; sería demasiado fácil. Lo que siento es compasión, una compasión dolorosa, porque sé que no viven, solo actúan, representando una obra en la que creen engañar al mundo, cuando en verdad solo se engañan a sí mismos.


La muerte fue mi maestra, la única capaz de arrancar de mis manos esa venda que me hacía creer en la solidez de las cosas. Cuando mi madrina murió, comprendí que todo lo que había cuidado, todo lo que con esmero había protegido, quedó reducido a un silencio insoportable. Su casa, que alguna vez pareció un refugio, se convirtió en un cascarón vacío, y lo que ella había amado, desapareció con ella. Entonces entendí que no hay victoria humana que se salve de la fosa: los logros, los recuerdos de orgullo, todo se diluye, y hasta el eco más fuerte se desvanece con el tiempo.

Y fue también mi propia cercanía con la muerte lo que me mostró la verdad desnuda. No hablo de una metáfora, sino de haber sentido en la carne, en el alma, la respiración fría de ese abismo que me aguardaba con paciencia. Estuve lo bastante próximo a su sombra para comprender que de nada servirían mis batallas ganadas, ni mis orgullos, ni las discusiones en las que creí defender mi honor con uñas y dientes. Vi con claridad que incluso mis talentos, mis pequeñas vanidades, eran un espejismo ridículo frente al silencio absoluto que nos espera. Quizá alguien me recuerde por un tiempo, pero después, como todos, seré olvidado, y mis palabras, mis gestos, mis victorias, no serán más que polvo arrojado al viento.

Y, sin embargo, de esa desesperanza brotó un extraño alivio. Porque si todo se desmorona, si nada permanece, entonces la única tarea que me queda es vivir con dignidad, mientras me sea permitido respirar. Amar a quienes lo merecen, no porque un dios o una ley lo dicte, sino porque es lo único que vale en un mundo que se consume. Ser honesto conmigo mismo, no temer a mi verdad aunque duela, y no pretender jamás una grandeza que no existe. Si el mundo es fugaz y las apariencias son mentira, prefiero la desnudez del hombre sencillo que reconoce su fragilidad y, aun así, camina erguido.

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