¿Saben lo extraño que es olvidar un rostro y una voz de alguien por quien alguna vez sentiste como un amor inexplicable? Alguien que en su presencia parecía perfecta, por quien habrías cruzado una cordillera y mil quinientos kilómetros solo para verla. Tenía entonces ese miedo: que su voz, su rostro pálido, se desvanecieran de mi memoria como polvo en el viento que nunca existió. Mi mente intentaba memorizar la forma de su cara, su risa hermosamente imperfecta, como si al grabarlas en lo profundo de mí pudiera asegurar que sobrevivieran al tiempo.
Pero pasó. Su voz —que aunque parte de mí no quiera admitirlo, alguna vez amaba— ya no la recuerdo. Su rostro, que en otro tiempo me pareció reflejo de un alma noble, mi mente ya no puede construirlo. Es como si nunca hubiera existido, como si jamás hubiera estremecido mi corazón con tanta fuerza, como si al mirarla nunca hubiera sentido que era perfecta. Y sin embargo lo sentí, de eso estoy seguro, aunque ahora mi memoria me lo niegue con frialdad.A veces me pregunto si fue el dolor de su desprecio, más de uno, lo que terminó borrándola de mi mente, desprecio que no merecía, pero que se grabó con violencia en mí. Tal vez fue mi propio corazón, buscando protegerse, el que decidió arrancar de raíz su memoria. O quizás fue el tiempo, con su poder silencioso, quien cumplió lo que siempre cumple: borrar poco a poco todo lo que alguna vez creímos eterno.
Temía que ocurriera, y aun así ocurrió. El recuerdo se desvaneció. Ni su voz, ni su rostro permanecieron, como si incluso la memoria me hubiera sido negada, y ni siquiera ella me permitió recordarla. Y así, nuestras vidas siguieron, sin lazo, sin señal de reconocimiento. Ella no sabrá más de mí, ni yo de ella. Como si nunca la hubiera conocido, como si nunca hubiera existido..
Comentarios
Publicar un comentario