Lo que nadie puede enseñarte sobre el amor

 Detesto cuando alguien intenta explicarte qué es el amor y qué no lo es, como si uno fuera un niño extraviado que no entiende sus propios temblores internos. Como si los sentimientos previos, la idealización o ese primer estremecimiento del alma no tuvieran valor alguno. Hablan como si el amor solo existiera después de años de convivencia y de adversidades compartidas —que, por supuesto, es precioso—, pero olvidan que, antes de todo eso, hay un murmullo secreto, íntimo, que solo uno siente.

Nadie puede decirte si estás enamorado. Nadie puede venir a convencerte de que ese vacío repentino en el pecho, ese suspirar al verla, no es amor; que la risa que te desarma o ese instante en que las miradas se cruzan con una complicidad perfecta no significan nada. Qué saben ellos de lo que uno encuentra en un alma sensible, de ese reconocimiento silencioso que parece casi divino, de esa certeza absurda de que cada momento junto a ella es hermoso y que lo recordarás toda la vida.

Quizás otros no lo entiendan, pero uno ve una belleza que toca lo más profundo del espíritu. Nadie va a convencerme de que el instante en que la tuve frente a mí, perfecta en su sensibilidad, no fue amor. Ni que la emoción que me provocaban sus gestos de bondad era un simple capricho del corazón. Cuántos poemas han nacido de esa misma sensación inexplicable… ¿acaso no son poemas de amor? ¿Acaso no brotaron del alma de alguien que sintió lo mismo?

No vengan, entonces, a enseñarle a la gente qué es el amor. Nadie conoce el misterio que una persona puede despertar en el corazón de otro.

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