Que difícil es decir adiós.
No el adiós pequeño,no el que se dice en la puerta
como quien deja un vaso sobre la mesa,
sino el otro,
el que no tiene regreso,
el que cae en el pecho
como una piedra sin fondo.
La vida nos separa
con una calma cruel,
como si supiera
que no volveremos a oírnos
en la mañana.
Su voz —
tan leve, tan viva—
se quedará flotando
en un lugar donde no puedo entrar.
Y su risa,
esa risa que amaba
como se ama una luz en invierno,
se irá apagando despacio
hasta convertirse
en un recuerdo que tiembla.
Siempre supe
que cada instante era frágil,
que la alegría tenía la forma
de algo que se rompe.
La escuchaba reír
con el presentimiento oscuro
de que un día
solo quedaría el eco.
Temo
que su voz se borre de mi memoria
como se borra un nombre
en una pared mojada.
Temo
no saber nunca
en qué momento dejó de existir,
ni en qué hora del mundo
la muerte pasó por su lado
sin decir mi nombre.
Porque la muerte
no pregunta,
no avisa,
no tiene piedad.
Vendrá por mí
o vendrá por ella,
y tal vez ninguno de los dos
sepa
que el otro
ya no está en ninguna parte.
Entonces el adiós
será completo,
y el silencio
tendrá su forma.
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