A veces he tenido sueños, involuntarios,
la razón se me apaga como una luz cansada,
y afloran los sentimientos
que intento cubrir.
A veces he tenido sueños,
no entiendo bien por qué,
en que tú también me extrañas,
en que quisieras saber si estoy bien,
en que aún guardas mi voz
—como yo intento recordar la tuya,
que ya se me deshace en la memoria—.
A veces he tenido sueños,
no quiero tenerlos,
en que viajas a mi lado
por rutas blancas que se pierden en la cordillera,
con ese silencio alto de montaña
donde el mundo parece detenerse,
como si algo quedara suspendido
sin decidirse a ser recuerdo.
A veces he tenido sueños,
los detesto, de verdad,
aunque no sabría bien por qué,
en que el destino, por un instante, se distrae
y nos deja volver a encontrarnos,
reconocernos sin palabras.
A veces he tenido sueños,
bonitos, sí, no lo niego,
en que vuelvo a ese día
en tu ciudad,
íbamos al teatro
bajo luces suaves,
y caminábamos por Puerto Madero
entre reflejos que parecían quedarse un poco más de lo normal,
y en un gesto apenas,
mi mano alcanzaba la tuya,
y en mi auto,
viajes entre risas,
como si el tiempo no tuviera apuro,
como si realmente hubiera ocurrido.
A veces he tenido esos sueños,
son involuntarios,
y al despertar me perturban, sí.
Porque lo más probable
es que mi rostro ya no habite en tu memoria,
ni mi nombre despierte en ti
la imagen de alguien
tras la pampa y la cordillera.
Porque tal vez fui apenas
algo que incomodaba,
una presencia que pesaba más de la cuenta,
un gesto insistente
que no supiste dónde poner.
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