Ángeles Invisibles

Tal vez los ángeles

no aprendieron el camino del cielo.

Tal vez quedaron aquí,

temblando bajo la lluvia,

durmiendo en rincones fríos,

mirándonos desde la sombra

con el miedo antiguo

de quienes jamás fueron amados.

Seres sin nombre.

Pequeños latidos invisibles

cruzando un mundo

demasiado cruel para su ternura.

Muchos se apagan así:

sin una caricia,

sin un pecho donde descansar,

sin dejar memoria alguna

más que el leve ruido

de una vida extinguida en silencio.

Pero yo vi el milagro.

Lo vi nacer despacio

dentro de unos ojos asustados

cuando una mano, por primera vez,

los tocó con amor.

Era algo diminuto.

Una luz apenas.

El descubrimiento sagrado

de no tener que huir.

Y entonces cambiaban.

El miedo abandonaba sus cuerpos

igual que la noche abandona la lluvia.

Su amor se volvía absoluto,

puro,

sin condiciones,

sin heridas.

Ahora duermen sobre mi pecho

como si escucharan allí

el corazón mismo del mundo.

Y cuando maúllan,

hay en ese sonido

una dulzura imposible de explicar,

algo parecido

a una madre llamando a sus hijos

desde el origen de la vida.

No existe maldad en ellos.

Sólo una inocencia tan profunda

que duele.

Sólo almas pequeñas

que vinieron al mundo

para aprender el amor

y devolverlo multiplicado.

Por eso creo en los ángeles.

Porque los he sostenido entre mis brazos

mientras ronroneaban de felicidad,

y ninguna criatura nacida del odio

podría ser tan hermosa.

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