Lóbrega y desolada fue la noche
de mi niñez doliente y espectral;
cuando el golpe —como un hierro frío—
descendía sobre mí brutal.
Y mi lengua temblorosa y cautiva,
presa en sombras de tartamudez,
tropezaba miserable y rota
al querer pronunciar mi propia voz, tal vez.
Más lúgubre aún fue la hora
de mi tímida adolescencia gris;
habitaba entre silencios largos
como un ánima incapaz de existir.
Las palabras morían en mis labios
antes siquiera de poder nacer,
y miraba con espanto al mundo
como quien mira un sitio ajeno y cruel.
Mas una pálida mañana triste,
entre polvo, abandono y humedad,
hallé a Poe —oscuro compañero—
cubierto en vieja y frágil soledad.
¡Oh, Poe!
Tus versos fueron lámparas mortuorias
ardiendo entre la niebla de mi ser;
y en tus cuentos hallé una extraña patria
para mi corazón y padecer.
Entonces, escondido de los hombres,
recitaba tus poemas en voz baja;
mas mi voz, frente al espejo,
se quebraba… se extinguía… se negaba.
Y allí quedaba yo, solo y exhausto,
mirando mi reflejo vacilar,
intentando arrancar de entre mis sombras
una frase completa al pronunciar.
Hasta que lentamente —muy lentamente—
como vuelve la vida al moribundo,
fui enlazando palabras y silencios,
frases enteras, cuentos, otro mundo.
Y acaso fue en aquellas noches muertas,
cuando nadie escuchaba mi dolor,
que un niño triste aprendió en secreto
a sobrevivir por medio del horror.
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