Mi jardín

 Mi jardín está hermoso.

Nunca había estado así.

Durante años dejé entrar a cualquiera.

No porque fueran buenas personas, ni porque lo merecieran.

Los dejaba pasar porque me asustaba sentarme solo entre las flores.

Algunos arrancaban pétalos mientras hablaban. Otros pisaban los girasoles como quien apaga una colilla.

Y yo me quedaba después, de noche, recogiendo los restos.

Volvía a plantar.

Volvía a arreglar.

Volvía a convencerme de que eso era normal.

Que la compañía valía más que las flores.

Qué estupidez.

Algunos fueron amables. Regaron las begonias. Se sentaron a conversar bajo las sombras.

Pero otros se llevaron las hortensias, dejaron barro en los senderos y se marcharon silbando.

Y yo seguía abriendo la puerta.

Hasta que un día me cansé.

No hubo discursos.

No hubo peleas.

Simplemente cerré el portón.

Los que destruían el jardín se quedaron afuera.

Algunos golpearon la puerta después. Dijeron que habían cambiado.

Y algunos sí habían cambiado.

Entraron. Caminaron con cuidado. Aprendieron a mirar las flores sin arrancarlas.

Los demás siguieron su camino.

Y está bien.

Mi jardín está hermoso.


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