Tu nombre cae en mi boca
cuando la noche se inclina,
cuando duermen los caminos
bajo su sábana fría,
y una música sin dueño
me golpea las costillas.
Yo no lo llamo.
Viene solo,
con pasos de agua dormida,
con campanas enterradas,
con olor a despedida.
¿De qué culpar a mi pecho
si aún tiembla cuando te mira
en el vidrio de la luna,
en la sombra de una silla,
en los patios apagados
donde mi infancia respira?
No sabe olvidar la sangre.
No sabe cerrar heridas.
Es un animal pequeño
que vuelve donde lo herían,
un pájaro contra el viento,
una flor bajo ceniza.
¿Tendré otro amor algún día
sin esta antigua agonía?
¿Vendrá una paz más clara,
una ternura tranquila?
Ay, si pudiera mi alma
quedarse quieta y vacía.
Ay, si pudiera la noche
no traerme tu voz viva.
Ay, si pudiera mi pecho
dormir sin buscar tu herida.
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