Graciosa, amable y extrovertida.
Rutinarias eran aquellas mañanas de risas.
Sí, lo confieso, aunque mi orgullo no quiera admitirlo, me parecía perfecta.
Sabía que no lo era, pero para mí sí.
Su risa, por Dios.
Amaba su manera de reír.
Me gustaba, no hay dudas.
O quizás solo un poco.
Me hacía suspirar, y mucho, o eso creo.
No sé si la amaba.
Quizás no la amaba.
Creo que no la amaba.
Estoy casi seguro.
Pero cómo la habría amado.
Mi corazón, sensible y apasionado, imaginaba cómo sería si todos los días fueran así.
Ella me hacía reír.
Era bella.
Sí que lo era.
Para mí sí que lo era.
Pero despreció mi amor.
Más de una vez.
Tal vez dos.
Incluso en mi despedida, sin recriminar, sin exigir nada, fui una molestia.
Dolió.
Y no saben cómo dolió.
En lo más hondo del alma.
O quizás nunca dolió.
Tal vez no fue para tanto.
Es una herida cerrada, tal vez escondida, que el orgullo y la dignidad tratan de ocultar.
Pero en una noche solitaria, pasada de alcohol, se abre una grieta.
Y escribo estupideces como esta,
de la que quizás me arrepienta.
O tal vez no.
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