Llamado a la cordillera

 Llévame esta mañana a la cordillera,

donde el alba desnuda sus cuchillos

y mi espíritu nace nuevamente

bajo una cuna blanca de silencio.


Llévame donde el hielo

pone flores de vidrio en las pestañas,

donde la escarcha besa mi rostro

con sus pequeños labios de difunta.


Allí mi alma sensible encuentra casa:

una choza de viento,

una campana azul entre las piedras,

un corazón latiendo bajo el blanco.


Llévame a los paisajes infinitos

donde la nieve borra los caminos

y mis piernas se vuelven dos raíces

dormidas en la sangre de la altura.


Yo volvería siempre.


Volvería donde el zorro amistoso

se acerca con su lámpara encendida,

donde el cóndor recorta con sus alas

la sábana celeste de la mañana.


Volvería donde el águila vigila

los secretos oscuros de la roca

y los burros, con nobleza antigua,

interrumpen el paso de los hombres

como pequeños reyes de la tierra.


Aquí, sobre la altura,

soy todas las estrellas

y no soy ni una sombra.


Soy el grito del hielo,

la respiración breve de una nube,

un pobre corazón maravillado

ante la eternidad de la montaña.


Algún día mi cuerpo

será deshecho por el horizonte.


La fugacidad vendrá por mí

con sus manos de nieve,

y yo entraré despacio en el paisaje

sin nombre, sin dolor, sin despedida.


Seré tal vez el viento

que cruza los barrancos en la tarde.


Seré la blanca escarcha

que duerme sobre el lomo de las piedras.


Y acaso, alguna mañana,

besaré desde el aire

el rostro estremecido de otro viajero

que llegue hasta la altura

buscando, como yo,

un hogar para su alma.

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