Que sabes tú

Qué sabes tú

de un corazón abierto,

de un corazón que tiembla

como un pájaro herido

sobre la nieve negra.


Qué sabes tú

de esa puerta del alma

que nadie mira nunca,

donde nacen los nombres,

los suspiros,

los poemas,

y una luz pequeñita

que no sabe defenderse.


Yo no pedí tus manos.

No pedí tu regreso.

No puse cadenas

sobre tu sombra libre.

Sólo traje mi pecho

como quien trae una lámpara

a la mitad del campo,

sólo dije:

aquí estuvo mi amor,

aquí dolió tu ausencia,

aquí dejo mi adiós

sin ruido y sin reclamo.


Pero llamaste molestia

a mi pobre ternura.

Y entonces se quebraron

las campanas del niño

que vive bajo mi sangre.


Hoy mi niño llora.

Llora junto a la luna,

con los zapatos rotos

y el alma entre las manos.

Me mira y me pregunta

si su corazón es malo,

si estuvo mal abrirse,

si estuvo mal cantar

desde la herida.


Y yo no sé qué decirle.

Cómo explicarle

que no es culpa del lirio

si lo pisa la noche.

Cómo decirle

que no era sucio el río

por correr hacia el mar.

Cómo enseñarle

que valen más sus lágrimas

que todas las piedras

que arrojaron contra él.


No, niño mío.

No había nada malo

en tu corazón desnudo.

No había nada malo

en tus poemas temblando.

No fue pecado amar

sin exigir morada.

No fue pecado irse

dejando una verdad

sobre la mesa.


Qué sabes tú

de un corazón abierto,

de un corazón que junta

sus pedazos del suelo

y todavía bendice

la flor que lo cortaba.


Qué sabes tú

si nunca oíste dentro

la guitarra quebrada

de un alma que se muestra

y es tratada

como estorbo en la puerta.

Mi niño llora, sí.

Pero yo lo levanto.

Le limpio de la frente

la ceniza del mundo.

Le digo:

duerme, pequeño,

tu corazón no sobra.

Tu amor no fue vergüenza.

Tus poemas no fueron error.


Hay almas que no saben

recibir una estrella

sin cubrirla de barro.


Pero tú, niño mío,

tú sigue siendo fuente,

aunque nadie se incline.

Sigue siendo lucero,

aunque nadie te nombre.

Sigue guardando flores

en la sangre profunda.


Porque un corazón así,

aunque lo llamen molestia,

aunque lo dejen solo

bajo la luna amarga,

vale más que la mano

que no supo tocarlo.

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