Donde antes ardía tu rostro
queda una ceniza blanca.
La noche sopló en mis ojos
y se llevó tus pestañas.
Yo entraba entonces en ti
por dos ventanas mojadas,
donde tus pupilas tenían
peces de luz y de plata.
Pero hoy no encuentro tus ojos.
Ni el arco leve de tu cara.
Sólo un papel consumido
que el viento dobla y desgarra.
Restos de memoria muerta.
Negros pétalos del alma.
Hubo una risa en el aire,
clara como una campana.
Su vuelo llenaba el cuarto,
su música me abrazaba.
Ahora el salón está solo.
La luna cruza descalza.
Pregunta por aquella voz
y nadie, nadie le habla.
¿Dónde se fueron sus cantos?
¿En qué pozo se apagaban?
Mi oído busca en la sombra,
pero la sombra se calla.
Restos de memoria muerta.
Humo detrás de una lámpara.
Yo sé que un día te quise
con una pasión amarga.
Mi corazón era un caballo
rompiendo todas sus bridas,
un río fuera del cauce,
una granada incendiada.
Mas hoy mis sueños preguntan
si fuiste cierta o soñada,
si alguna vez en el mundo
tu sombra rozó mi casa.
Y las heridas responden
desde su profundidad:
—Sí, por aquí pasó un nombre.
Sí, por aquí ardió una llama.
Pero ya no queda el rostro.
Pero ya no queda el habla.
Sólo una puerta entreabierta
hacia una habitación blanca.
¿Es esta la muerte verdadera?
¿Así termina quien marcha?
No cuando el cuerpo se enfría
bajo la tierra cerrada,
sino cuando ya ninguno
recuerda el son de su palabra;
cuando el rostro se deshace
como dibujo en el agua
y el amor, ciego, acaricia
una ausencia sin figura.
A veces, bajo mi pecho,
algo se mueve y se alza:
un brillo roto, una sílaba,
una flor decapitada.
Entonces sé que exististe,
aunque no recuerde tu cara.
Porque en mi corazón brotan,
como hierbas entre lápidas,
restos de memoria muerta,
restos de una luz apagada.
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