Dulce corazón temeroso,
¿quién puso invierno
detrás de tus costillas?
Sé que eres blando.
Te he visto temblar
cuando nadie te mira,
pequeño animal de sombra
bajo la luna.
A veces dejas
que una mano se acerque.
Un poco.
Sólo un poco.
Entonces tus ventanas se abren
y entra una brizna tibia,
una claridad pequeña
que casi parece hogar.
Pero algo recuerdas.
No sé qué.
Una puerta antigua,
una noche clavada en la carne,
alguna voz que prometió quedarse
y terminó perdiéndose.
Y retrocedes.
Tus ojos se llenan de caminos,
tu sangre dice huye,
aunque nadie venga detrás de ti.
Dulce corazón temeroso,
¿a qué le tienes miedo?
¿A que te quieran de verdad?
¿A despertar una mañana
y descubrir que aquello amado
también puede marcharse?
Avanzas.
Te detienes.
Avanzas otra vez.
Y cuando el cariño
por fin alcanza tu puerta,
levantas los muros.
Sacas las espinas.
Endureces la voz.
Te vuelves piedra
precisamente cuando más
quisieras ser tocado.
Ay, corazón torpe.
Nadie venía con cuchillos.
Nadie quería arrancarte nada.
Había un pecho abierto
buscando resguardar
tu pequeño temblor.
Pero tú viste guerra
donde había refugio.
Viste peligro
en unos brazos abiertos.
Y mordiste la mano
que venía a cobijarte.
Dulce corazón torpe,
¿por qué atacaste
cuando querías quedarte?
¿Por qué cerraste la puerta
mientras por dentro
pedías que no se fueran?
Quizás pensaste:
si hiero primero,
no podrán herirme.
Si me vuelvo hielo,
nadie verá mi miedo.
Si empujo lejos lo querido,
su ausencia dolerá menos.
Pero mira.
La noche sigue ahí.
La habitación está vacía.
Y tú sigues temblando.
Te defendiste tanto
que terminaste herido
por tus propias murallas.
Otra vez.
Hubo un corazón
que se acercó despacio.
No quiso forzar tu puerta.
Esperó.
Te habló con cuidado.
Vio tus espinas
y aun así acercó las manos.
Y tú, pobre corazón asustado,
sentiste miedo.
Más miedo todavía.
Porque hay caricias
que asustan más que los golpes
cuando uno ha aprendido
a desconfiar de las manos.
Entonces heriste.
Heriste precisamente
lo que no quería herirte.
Y ahora conoces
esa vieja habitación:
el silencio,
la silla vacía,
la madrugada cayendo
sobre las cosas.
Dulce corazón temeroso,
vuelves a quedarte solo.
Vuelves a mirar la puerta.
Vuelves a preguntarte
por qué todos se marchan.
Pero hubo una vez
alguien que no quería marcharse.
Y también eso
lo llenaste de miedo.
Ahora el viento pasa
por donde antes hubo una voz.
Y no queda nada
que pueda llamarse de vuelta.
Dulce corazón torpe,
¿de qué te defendías?
¿Quién te perseguía?
¿Dónde estaba el cuchillo
que jurabas ver?
Sólo había cariño
delante de ti.
Y tú levantaste la espada.
Ahora guardas tu corazón intacto,
sí,
intacto y frío,
mientras afuera
la primavera que temías
se aleja por el camino.
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