Fuente de poemas,
ya no brotarás en mí.
Guardaba tu imagen
en un rincón secreto del alma,
sin pedirle nada al tiempo,
sin buscar tus pasos,
sin llamar a ninguna puerta.
Me bastaba saber
que bajo este mismo cielo
seguías existiendo.
Nunca aprendí a decir adiós
sin dejar una pequeña lámpara
encendida en la memoria.
Pero no iba a buscarte.
No iba a volver.
Acepté la distancia,
el silencio,
la calle que ya no conduce
hacia tu nombre.
Y aun así,
alguna noche regresabas:
una risa antigua,
un rostro bajo cierta luz,
un recuerdo cruzando despacio
la habitación vacía.
Hoy hay algo que no comprendo.
¿Por qué me odias?
¿Por qué mi nombre
te resulta insoportable?
¿Por qué tus palabras
llegaron vestidas de hierro,
destinadas a alguien
que hubiera herido tu vida?
Yo rebusco en mi memoria
y no encuentro la ofensa.
No encuentro la crueldad.
No encuentro el día
en que mis manos
levantaran daño contra ti.
Jamás te traté mal.
Y duele descubrir
que mientras yo guardaba
un pequeño lugar para tu recuerdo,
tú querías borrar hasta mi sombra.
No merecía aquello.
No merecía sentir
que mi existencia era una piedra
en mitad de tu camino.
Fuente de poemas,
hoy cierro tu agua.
Ya no preguntaré
qué crimen cometió mi nombre
para despertar tanto frío.
Quédate lejos.
Yo también aprenderé
a dejarte lejos.
Y si algún día vuelve tu recuerdo,
no será una puerta.
Será apenas un pájaro
cruzando el cielo de la tarde
hasta perderse.
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