Hace años que llueve.
Llueve sobre las casas,
sobre los nombres,
sobre las manos
que alguna vez tocaron las mías.
Yo sigo debajo.
La noche lleva un caballo negro
atado a mis espaldas.
Y la cordillera lo sabe.
Ella estaba allí
cuando el mundo era joven
y yo todavía podía reír
sin escuchar detrás de la risa
el ruido de una puerta cerrándose.
Había voces.
Había rostros.
Había una luna
que bajaba limpia
sobre los techos.
Alguien decía mi nombre.
Alguien estaba vivo.
Yo no sabía
que también aquello
era una despedida.
Cordillera de nieve,
madre inmóvil,
animal de piedra:
tú viste todo.
Viste las mesas encendidas.
Las canciones.
Las pequeñas alegrías
que entonces parecían eternas.
Viste cómo el tiempo
iba dejando sus sombras
sobre cada cosa.
Después llegaron
los nombres ausentes.
Uno.
Luego otro.
Luego otro.
La muerte tiene paciencia.
También la distancia.
También el tiempo.
Yo quize guardarlos,
pero la memoria
es una casa
con ventanas rotas.
Ya se me escapan voces.
Ya se me borran ojos.
Hay una risa
que apenas recuerdo.
Hay un rostro
que la lluvia
se lleva despacio.
Cordillera:
guardalos tú.
Clávalos bajo tu nieve.
Mételos en tus piedras.
Esconde sus voces
donde no pueda llegar
el invierno.
Porque yo olvido.
Y tú no.
Tú estabas allí.
Eso me basta.
A veces te miro
cuando la ciudad
me aprieta la garganta.
Y apareces tú.
Blanca.
Enorme.
Silenciosa.
La luna duerme
sobre tus hombros.
Y yo quisiera preguntarte
cuánto puede durar
una tormenta.
Cuántos años.
Cuántas pérdidas.
Cuántas noches
puede soportar un hombre
antes de olvidar
que alguna vez hubo verano.
Pero tú no respondes.
Las montañas
nunca responden.
Sólo miran.
Tal vez por eso
confío en ti.
Porque los hombres hablan.
Los hombres prometen.
Los hombres parten.
Tú permaneces.
A veces sueño
con volver.
No sé a dónde.
A una casa
que quizá ya no existe.
A una mesa
donde faltan demasiadas sillas.
A una tarde antigua
en que nadie sabía
que era antigua.
Quiero volver.
Pero tengo miedo.
Miedo de llegar
y encontrar las paredes
en su sitio,
los árboles en su sitio,
las calles en su sitio,
y descubrir
que aquello que yo llamaba hogar
eran solamente
las personas.
Y que las personas
ya no están.
Qué terrible cosa
que un lugar sobreviva
a quienes lo hicieron nuestro.
Qué terrible
abrir una puerta
y que ninguna voz
venga hacia nosotros.
Entonces pienso
que quizá no existe regreso.
Que uno vuelve
y es otro.
Que el lugar espera
con una cara desconocida.
Que hasta la felicidad,
cuando se busca demasiado tarde,
puede convertirse
en una habitación vacía.
Cordillera,
tú que viste
mis días mejores,
tú que viste
mis días negros,
dime:
¿queda algo después?
No quiero que abras
las tumbas.
No quiero que hagas volver
a quienes se fueron.
No quiero pedirle
a la nieve
lo imposible.
Sólo una señal.
Una pequeña cosa.
Que la luna rompa
una nube.
Que una estrella
caiga sobre tus piedras.
Que por un instante
la nieve tenga fuego.
Hazme saber
que todavía hay algo
después de esta tormenta.
Porque llevo demasiado tiempo
dentro de ella.
Tanto
que algunas noches
confundo la lluvia
con el mundo.
Pero tú sabes
que no siempre fue así.
Tú viste mi alegría.
Tú viste las manos
que estuvieron cerca.
Tú viste las canciones.
Tú viste los veranos.
Tú sabes
que alguna vez fui feliz.
Y si un día regreso
y ya no queda nada,
si las puertas
no reconocen mis pasos,
si los nombres
se han vuelto polvo,
si aquel lugar
que tanto extraño
me mira
con ojos extranjeros,
vendré a ti.
Y me quedaré
frente a tus piedras.
Sin preguntar nada.
Porque tú recordarás
por mí.
Recordarás
a quienes estuvieron.
Recordarás
al hombre que fui.
Recordarás
la risa,
la pérdida,
el miedo,
la alegría.
Y cuando ya no sepa
si todavía existe
un mañana,
levantaré los ojos.
Tú seguirás allí.
Con la luna
entre los dientes.
Con siglos de nieve
sobre la espalda.
Y quizá,
sólo quizá,
entre dos cumbres negras,
se abrirá
una pequeña herida de luz.
Entonces entenderé
que no era el cielo
el que había desaparecido.
Era la tormenta
la que no me dejaba verlo.
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