No leas lo que escribo

 No leas lo que escribo.

Hasta mis propias palabras

me dan vergüenza algunas noches.


Quizá soy un hombre raro,

con demasiada sangre

debajo de la piel.


Yo habría querido sentir menos,

que los adioses fueran puertas

que se cierran sin viento,

sin esa mano absurda

que vuelve después

a buscar el picaporte.


Pero escribo.


Y dejo sobre el papel

cosas que no diría nunca

sentado frente a nadie.


Algunos pocos las han leído

y las quisieron como se quiere

a un animal herido.


Aun así,

prefiero a veces que me recuerden

como el hombre que conversa,

el que convierte cualquier tontería

en motivo de risa,


porque todavía creo

que hacer reír a alguien

puede salvar una tarde.


Que nadie sospeche entonces

que después de la risa

regreso solo a mis palabras,


y allí mi corazón,

ese exagerado y torpe corazón mío,

se quita finalmente

la máscara.

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