Todavía vuelvo la cabeza

 Amada de risa hermosa,

se quedarán atrás las noches

de palabras encendidas,

las horas que se olvidaban

de mirar el reloj.


Mi corazón, pobre animal,

golpeó tantas veces tu puerta

que acabó aprendiendo

el sonido de tu silencio.


Yo soñaba tu mano

quieta dentro de la mía,

tu voz viajando conmigo

por carreteras interminables,

mientras la cordillera blanca

levantaba sus altares de nieve.


Amada de bromas pequeñas,

de aquel acento

que hacía distinta la tarde:


ya no tendrás casa en mi pecho.


Hoy cierro la puerta

que tantas veces dejé abierta.


Renuncio a convencerte.

Renuncio a demostrarte

que podía ser digno de tus días.

Renuncio incluso

a la tristeza hermosa

de imaginar tu rostro envejeciendo

cerca del mío.


Porque sé

que no te veré.


Y esta verdad tiene frío.


No habrá otra con tu risa,

ni con tu voz,

ni con aquella manera tuya

de quedarse viviendo

mucho después de haberte ido.


Pero habrá alguien.


Alguien que encuentre mi corazón

temblando entre sus manos

y no apriete.


Alguien que no confunda

su ternura con debilidad,

ni su miedo con algo despreciable.


Porque tus manos fueron frías

cuando yo buscaba abrigo,

y tu palabra tuvo filo

cuando mi pecho estaba abierto.


Así que vete, amada.


Llévate tu risa,

tu voz,

las tardes que nunca ocurrieron,

los viajes que soñé contigo.


Yo me quedaré con la cordillera.


Ella sabrá verme partir

sin preguntarme por qué

todavía vuelvo la cabeza.

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