Antes de que pase el tiempo

 Frágil alma,

fugaz existencia mía,
una más entre las sombras innumerables
que cruzan este mundo
como pájaros que nadie alcanza a nombrar.

Cuánto habría que aprender
de aquellos que yacen bajo tierra,
con las manos ya quietas,
con los ojos llenos de una noche
que no conoce amaneceres.

Algunos creyeron ser dueños del mundo.
Otros caminaron como si el tiempo
hubiera firmado con ellos
un pacto de eternidad.

Hubo quienes gastaron la vida
persiguiendo el aplauso
de otros mortales como ellos,
levantando trofeos hacia un cielo indiferente,
venciendo discusiones
que hoy no recuerda nadie.

Todo se fue.

La gloria,
la razón,
la última palabra.

Humo sobre humo
en la boca del viento.

Durante mi niñez
creí que el alma era eterna.

Creí que dentro de nosotros
ardía alguna sustancia divina,
que la especie humana avanzaba
hacia un destino más alto,
como si las estrellas hubiesen escrito nuestro nombre
antes de que aprendiéramos a pronunciarlo.

Ya no lo creo.

Nunca fuimos distintos.

También somos carne temblando bajo la luna,
animales asustados que aman,
que construyen casas,
que besan,
que prometen mañana
sin saber si habrá mañana.

Y yo he estado tan cerca de mi propia muerte
que alguna vez pude sentir su respiración.

Hubo un miércoles lejano.

Desperté aquella mañana
convencido de que el viernes
yo ya no estaría aquí.

El mundo seguiría.

Eso era lo terrible.

El sol caería sobre los techos,
alguien abriría una ventana,
los árboles continuarían moviendo sus hojas,
y mi pequeño lugar en la existencia
quedaría vacío
sin que el universo se detuviera un instante.

Pero algo me detuvo.

Quizás un ángel.

No uno de alas blancas
ni de espadas encendidas,
sino el recuerdo de un rostro amado
que pocos meses antes
yo había visto entrar en la muerte.

Tal vez fue ella.

Tal vez fue mi mente,
delirando desesperadamente
para salvarse de sí misma.

Qué importa.

Aquella mañana
algo sostuvo mi mano
desde el otro lado de la ausencia.

Y seguí.

Después vi morir
una pequeña alma frente a mí.

Una criatura inocente,
tan nueva en este mundo
que quizá apenas comenzaba
a domar las palabras con su boca.

Y la muerte llegó igualmente.

No preguntó su edad.
No preguntó sus sueños.
No preguntó qué habría amado
si hubiese tenido tiempo.

Entonces comprendí aún más
la crueldad de nuestra fragilidad.

Pero también su belleza.

Porque tal vez una flor es hermosa
precisamente porque cae.

Tal vez amamos una tarde
porque sabemos que la noche viene.

Tal vez abrazamos con desesperación
porque ningún abrazo
puede durar para siempre.

Y quizá por eso conduzco.

Quizá por eso llevo mi pequeño cuerpo mortal
por caminos absurdamente largos,
mientras mi auto atraviesa montañas,
desiertos,
fronteras,
cordilleras donde la nieve
parece haber olvidado el tiempo.

Voy buscando paisajes
que hagan temblar todavía a mi alma.

Un lago inmóvil.
Una carretera perdida.
La sombra violeta de los Andes.
El sol muriendo detrás de una montaña
como un dios antiguo que también conoce su final.

Conduzco porque el tiempo conduce conmigo.

Porque cada kilómetro queda atrás
como quedan atrás los años.

Porque sé que algún día
mis manos ya no sostendrán el volante,
mis ojos no verán la próxima curva
y mi nombre comenzará lentamente
a borrarse de la memoria de los vivos.

Por eso quiero mirar.

Quiero llegar lejos.

Quiero guardar dentro de estos ojos mortales
todo cuanto pueda
antes de que se cierren.

Porque soy frágil.

Porque soy breve.

Porque no soy eterno.

Y quizá precisamente por eso
este instante,
esta montaña,
esta carretera,
este corazón todavía latiendo,

son terriblemente hermosos.


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