Viejo y blanco gato callejero,
por años ha venido a mi casa
a comer y beber agua.
Una mirada de dolor,
de un ser que en toda su vida
jamás recibió amor.
Aprendió que su presencia
para otros era molestia.
No soy capaz de correrlo.
No puedo.
Una existencia que jamás pidió nacer,
que solo lucha por mantenerse vivo
día tras día.
Alguna vez fue una pequeña cría,
con frío,
nacida de otra gata callejera.
Su cara se ve demacrada.
No sé aún si perdió uno de sus ojos.
Quisiera haberlo podido adoptar,
haberle dado amor,
haberle dado una existencia más bonita,
hacer algo más
que solo dejarle agua y comida.
Últimamente ha venido seguido a mi casa.
Lo he encontrado en el patio,
durmiendo dentro.
Sus ojos me miran fijos,
y yo miro los suyos.
Tal vez nos reconocemos.
Creo que está muriendo.
El viejo gato ya se ve mal.
Tal vez busca el único lugar
donde se sentía más a gusto,
donde no debía escapar.
Nunca se dejó tocar.
Habría querido que sintiera,
aunque fuera una sola vez,
el calor de una caricia.
Sin embargo,
el gato viene a mi casa
y me mira.
Pronto, qué pronto,
encontraré su cuerpo inerte acá.
Y el viejo gato blanco,
invisible para el mundo,
habrá dejado de existir.
Y nadie sabrá
que alguna vez estuvo aquí.
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